En el debate educativo contemporáneo, con frecuencia se presentan soluciones aparentemente claras para avanzar hacia la inclusión educativa, que suelen centrarse en la necesidad de incrementar los recursos o reducir las ratios. Sin embargo, la cuestión es considerablemente más compleja. Las instituciones educativas y los procesos de exclusión que pueden generarse operan en múltiples niveles interrelacionados, muchos de los cuales trascienden el propio ámbito educativo o universitario
Con frecuencia se habla de mejora e innovación educativa, pero resulta difícil pensar en avanzar hacia una educación más inclusiva dentro de las culturas escolares, las políticas y las prácticas diseñadas para un modelo de enseñanza que no ha tomado realmente en serio la diversidad del alumnado: diferencias en ritmos de aprendizaje, capacidades, intereses, motivaciones, valores, referentes culturales o experiencias afectivas.
Por ello, no se trata simplemente de “mejorar” o “innovar por innovar”. La innovación y la mejora educativa deben orientarse a enseñar mejor, a incluir y a fomentar el sentido de pertenencia de todo el alumnado. De lo contrario, también es posible —y en ocasiones se promueve— una innovación educativa con fines excluyentes o elitistas, que prepara a algunos estudiantes para reproducir las desigualdades sociales y educativas existentes. Lo alentador es que los procesos de inclusión son procesos activos, susceptibles de transformarse. Sin embargo, su complejidad radica en los valores subyacentes que orientan las decisiones, las políticas y las prácticas educativas.
“Los valores son la base de todas las acciones y planes de acción, de todas las prácticas en las escuelas y de todas las políticas que modelan las prácticas. Por lo tanto, se pueden considerar que todas las acciones, prácticas y políticas son la encarnación de los razonamientos morales. No podemos adoptar un comportamiento correcto en la educación sin comprender, en cierto modo, los valores de los que nacen nuestras acciones. Por lo tanto, el desarrollo de la inclusión nos implica a nosotros mismos a la hora de hacer explícitos los valores que subyacen a la inclusión de la mejor manera posible.” (Booth, 2006, p.212)


